Durante el Porfiriato la ciudad de Juchitán modificó profundamente su estructura ocupacional. De ser una sociedad en donde la mayoría de la población se dedicaba a la agricultura, pasó a ser una ciudad fundamentalmente artesanal y comercial. Los zapotecas, a diferencia de otras etnias de México, eran un sector social relevante y de prestigio, eran gente con recursos económicos que tenían una fuerte influencia en la vida cultural de la región.

El comercio llegó a ultramar. Las maderas preciosas de la región empezaron a tener una creciente demanda por parte de Inglaterra, Francia y Estados Unidos. De tal suerte que los barcos de estos países se empezaron a llevar materias primas como: la sal, el índigo, la goma de la India, goma arábiga, maderas preciosas, pieles de venado y cocodrilo; productos industriales tales como telas, encajes, papel para escribir, etc.

El vestido toma fuerza a partir de la abundante actividad comercial que ocurría en el puerto de La Ventosa en Salina Cruz. Gracias a este intercambio cultural se reelabora la identidad del grupo étnico sin perder su esencia. Introducen los encajes de Holanda, sedas de la India, bordados que imitan el mantón de Manila y collares formados con dólares de oro para confeccionar el tradicional vestido del Istmo de Tehuantepec.

Hacia fines del siglo XIX, se introdujeron las máquinas de coser "Singer", lo que permitió a la mujer zapoteca elaborar un vestido más sencillo, con dibujos geométricos, para su uso diario. Los listones de colores fueron sustituidos por grecas formados de diversos colores de hilo, siendo los más usuales el rojo, el negro y el amarillo con los que se hacen verdaderas obras de arte de “cadena o cadenilla”.

Los zapotecas del Istmo de Tehuantepec son uno de los pocos grupos indígenas de México en donde la historia del proyecto liberal y de la presencia extranjera enriqueció su cultura y reafirmó su orgullo de ser zapotecas.